Que conste que ni estoy contra la religión católica, ni contra el viaje de Benedicto XVI en sí, sino contra la financiación pública que se invierte con motivo de su visita. Especialmente en un momento en el que se está recortando el gasto público. Por lo mí opinión va a ser necesariamente crítica, lo que no está reñido con el respeto que me merecen todas las personas.
El papa viene a Madrid, aunque en esta ocasión no viene en visita de Estado, viene en visita pastoral y privada, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud JMJ. Y yo pregunto; ¿No es España es un estado aconfesional?, o sea que el estado no tendría que arrimarse a ninguna creencia religiosa, por lo que no tendríamos por qué pagar con nuestros impuestos ninguna manifestación de carácter religioso.
Considero que un acto que pretende mostrar la figura de Jesús a los jóvenes de todo el mundo como referente para sus vidas, pierde credibilidad cuando pretende hacerlo desde la espectacularidad de medios a su disposición. Cuando debería ser siempre desde la sencillez y la humildad y nunca desde la ostentación y el poder.
¿No son estos súper-poderes los que han provocado la crisis que está haciendo sufrir a tanta gente, los que están eliminando el estado de bienestar, tan fatigosamente logrado en nuestra sociedad, y los que nos están volviendo al capitalismo?.
La Iglesia católica necesita abrir las puertas, a la democracia no sólo formal, sino profundamente horizontal y participativa. No es humanamente posible que una sola persona, o un pequeño grupo, puedan tener, en un mundo diverso y globalizado como el de hoy, toda la verdad y decidir sobre las prácticas de millones de personas diversas y dispersas.
Porque, aunque el hambre, el dolor y muerte de los pobres y de la tierra nos acusan a todos y a todas, ya no se entiende fácilmente que una institución tan macro-global como es la Iglesia católica dedique sus mayores energías a crear instituciones, cuando lo que está en juego es la justicia social y la supervivencia.
Como bien dijo San Vicente de Paúl; "El ruido no hace bien; el bien no hace ruido".
Como bien dijo San Vicente de Paúl; "El ruido no hace bien; el bien no hace ruido".




